(Perspectiva/CCOO, 27 de febrero de 2024) “Reconstituir la memoria no significa quedarnos anclados en el pasado, es un acto con sentido de futuro. Es una forma de vernos a nosotros mismos, de conocer nuestros problemas y debilidades para ser capaces de superarlos y afrontar generosamente el futuro”. Son las palabras que se escuchan en una de las escenas finales de La memoria infinita, la película documental chilena que retrata la etapa final en la vida del periodista chileno Augusto Góngora.

Su directora, Maite Alberdi, nos cuenta la historia de una de las personas que más luchó por rescatar la memoria histórica de la dictadura y que ve desvanecerse la suya propia por el alzhéimer. Es un película que parece que va a hablarnos sobre el alzhéimer pero que en realidad va de la importancia de no olvidar, del valor que tienen los recuerdos, los personales pero también los colectivos. Este número de Perspectiva va sobre estos últimos, sobre la memoria democrática, y este artículo sobre mi memoria personal que de alguna manera es también la memoria colectiva de Chile.

Tuve la posibilidad de conocer a Augusto Góngora cuando era estudiante de periodismo. Él hacía desde hacía años un programa clandestino en formato de televisión llamado Teleanálisis que se distribuía a través de cintas VHS que se pasaban de mano en mano pero también salían fuera del país. Góngora lideraba a un grupo de periodistas que contaban lo que no se veía ni se leía en los medios de comunicación en una época en que no existían redes sociales y en que vivir en una dictadura convertía el acceso a la información en un esfuerzo cotidiano. Góngora mostraba las movilizaciones sociales y las protestas que comenzaron a multiplicarse por las calles del país a partir de principios de los años 80’. También las violaciones a los derechos humanos, las que ocurrían en los centros de detención y tortura pero sobre todo las que formaban parte de la vida cotidiana de miles de chilenos y chilenas que hacían frente a las consecuencias de la implantación de un modelo económico neoliberal que trajo tasas de paro enormes.

Gracias a las imágenes de Teleanálisis, podemos ver hoy el rostro de la pobreza del Chile de los 80’. Niños que miran a la cámara con naturalidad y explican que ese día no han desayunado. O padres que buscan comida en la basura porque no hay otra alternativa. Él documentó todo esto y gracias a su trabajo podemos constatar hoy que la dictadura no significó sólo muerte y tortura sino también hambre y pobreza.

Cuando hablamos de memoria, tendemos a pensar sólo en las personas que siguen enterradas en las cunetas en España o en los que murieron acribillados por la Caravana de la Muerte en Chile. Pero la memoria histórica y democrática va también de estas cosas. De las ollas comunes que se organizaron en Chile en los años 80’ para hacer frente al hambre, uno que las pobladoras combatían dando diazepam a los niños para que pudieran conciliar el sueño. Las ollas comunes cubrían sólo el 7% de las necesidades calóricas de las personas que participaban en su organización pero eran un lugar de encuentro, de solidaridad, de toma de consciencia de lo que representaba un régimen que tenía un costo enorme en vidas humanas.

Augusto Góngora fue el único que en 1985 explicó esto ante una cámara. También que el coste de alimentar durante un año a 5 millones de chilenos era de 1.000 millones de dólares pero el Estado se gastaba el doble de esta cantidad (en realidad lo que costaría alimentar a toda la población de entonces), en pagar la deuda externa que habían adquirido los privados.

Góngora fue también el primer periodista que apareció ante una cámara explicando la represión. Como los servicios secretos del régimen secuestraban personas y las torturaban y asesinaban salvajemente haciendo ver que se trataba de un atentado terrorista. Recogió el testimonio de los testigos y nos hizo reflexionar sobra la necesidad de hacer frente a la verdad para que los hechos dolorosos del pasado no volvieran a repetirse.

Como chilena tuve la oportunidad de vivir de cerca lo que significó la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación que se creó en Chile en abril de 1990, un mes después del fin de la dictadura. Durante nueve meses, un grupo de especialistas recavó información y entregó un informe, conocido como Rettig, en el que se detallan las violaciones a los derechos humanos durante los 17 años de dictadura. Unos años más tarde, se complementó con el informe Valech, que describe las torturas y violaciones que se vivieron en cárceles clandestinas. Ninguno de los dos informes restituyó a las víctimas su sufrimiento pero sí permitió reconocer de forma colectiva que lo sucedido había sido un error y que no podía volver a repetirse.

Uno de los recuerdos más vívidos que tengo en mi memoria ocurrió el 4 de marzo de 1991, cuando el primer presidente democráticamente elegido, Patricio Aylwin, compareció en televisión para explicar los aspectos más relevantes del informe Rettig y, en nombre del Estado chileno, pidió perdón. Los que habíamos crecido en la oscuridad de la dictadura, no olvidaremos nunca ese momento. Seguramente tampoco las mujeres que habían pasado años buscando a sus seres queridos recibiendo siempre como respuesta la negación.

La barbarie ocurrida en Chile está recogida en el Museo de la Memoria que fue inaugurado en 2010 por Michelle Bachelet para estimular la reflexión y el debate sobre el respeto y la tolerancia. A través de testimonios orales y escritos, documentos, cartas, relatos, material audiovisual y fotografías, se intenta explicar lo que significó el golpe de Estado, la represión de los años posteriores, la resistencia, el exilio, la solidaridad y la defensa de los derechos humanos. Allí también están los vídeos que hacía Augusto Góngora para Teleanálisis.

En La memoria infinita podemos escuchar como él dice que la reconstitución de la memoria no puede ser un acto meramente racional. Lo señala también la periodista chilena Cherie Zalaquett en su libro Sobrevivir a un fusilamiento, que reflexiona sobre los riesgos de medir la violencia siguiendo una pauta sumativa: tantos torturados, tantos desaparecidos, tantos condenados a muerte, tantos asesinados. Cantidades elocuentes para dar cuenta de la crueldad pero que sirven para consolidar cifras y contribuir a alimentar las estadísticas escondiendo de cierto modo la deshumanización de la situación.

Uno de los protagonistas del libro de Zalaquett relata la desorientación que le produjo descubrir que su verdugo era un sargento que le invitaba a jugar al fútbol. No era capaz de integrar que aquel personaje, el ciudadano que era su amigo, no sólo no lo iba a ayudar sino que lo iba a fusilar.

Comprender estas cuestiones es crucial para reencontrase con la verdad. Porque el horror no incumbe sólo al pasado sino también a lo que se desea para el futuro, como recogía en palabras de Augusto Góngora al inicio de este artículo. Él decía que sin memoria no hay identidad y La memoria infinita es eso, una reflexión sobre la identidad de un país. Es también un homenaje a una persona que luchó por rescatar los recuerdos, los que aparecen en grandes titulares pero también los que construyen el día a día de nuestra historia infinita.

Perspectiva/CCOO, nº28, 27 de febrero de 2024 (Foto: Augusto Góngora)

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https://fsc.ccoo.es/f56950039522460fdfaccde92295bc67000050.pdf