(Política & Prosa, 1 de febrero de 2024) Cuando Gabriel Boric, tenía solo tres años, su abuela materna, Regina Aguilera Carrasco, que estudiaba quiromancia, le vaticinó que algún día sería presidente de Chile. La abuela del mandatario solía leer las manos y, aunque nadie dio importancia a la predicción en ese entonces, acertó. Su hija, María Soledad Font, recuerda el episodio pero reconoce que jamás ella ni el resto de la familia pensaron que podría serlo hasta el día que anunció su candidatura. Esto, a pesar que llevaba siete años como diputado y que durante casi una década había sido uno de los rostros del gran movimiento estudiantil de 2011 que precedió al estallido social.
Tampoco las personas que conocen a Gabriel Boric desde la época en que presidía la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (Fech) pensaban que sería justamente él, de todo el grupo de dirigentes estudiantiles, quien llegaría a convertirse algún día en presidente. Su candidatura fue, de hecho, producto, en parte, del azar. A principios de 2021, el Frente Amplio, una coalición de partidos con vínculos con Podemos, tenía que escoger entre sus miembros una persona que les representara en las presidenciales pero, entre los nombres que se barajaban, sólo Gabriel Boric había cumplido los 35 años que la ley chilena exige para postularse. Esta circunstancia inclinó la balanza a su favor. Pero también la capacidad de liderazgo que había demostrado en noviembre de 2019, cuando el país estaba inmerso en el estallido social y él fue capaz de desmarcarse de su partido, Convergencia Social, para firmar un acuerdo con el resto de fuerzas políticas para redactar una nueva Constitución.
En ese momento habían transcurrido 27 días desde el comienzo de la revuelta que había dejado veinte muertos y más de dos mil heridos graves, muchos de ellos con pérdidas oculares. La decisión de encauzar las demandas a través de una vía institucional- la redacción de una nueva Constitución que reemplazara la heredada de la dictadura- no fue bien recibida por muchos sectores de la izquierda que la veían como una maniobra para salvar al gobierno conservador de Sebastián Piñera y neutralizar las movilizaciones. Su partido lo suspendió de militancia y buena parte de sus seguidores le llamó traidor.
Pero ese gesto fue el inicio de un camino que daría frutos. Gabriel Boric logró reunir en tres semanas, y contra todo pronóstico, las 35.000 firmas que se necesitaban para validar su postulación y ganar las primarias de la izquierda al candidato del Partido Comunista, Daniel Jadue, que todo el mundo daba por ganador. Luego consiguió reunificar a la centroizquierda, vencer al candidato de la extrema derecha, José Antonio Kast- que había ganado la primera vuelta de las presidenciales- e instalarse en La Moneda.
De hecho, sólo un año después de que su edad fuera la circunstancia que inclinara la balanza a favor de su candidatura, era elegido como una de las 100 personalidades más influyentes del mundo por la revista Time en una reseña escrita por el premio Nobel de Economía, Josep Stigitz, que destacaba que su elección podía representar no sólo un cambio de rumbo en la economía de Chile, sino de todo el planeta.
Un millennial en La Moneda
Gabriel Boric nació en 1986 en Punta Arenas. Es el mayor de tres hermanos de una familia con antepasados croatas pero también catalanes. Su padre, Luis Javier Boric, es un ingeniero químico que desarrolló toda su carrera en la compañía petrolera estatal, ENAP, y que forma parte de las diez primeras familias croatas que se establecieron en la región a fines del siglo XIX. Inicialmente lo hicieron en la isla de Lennox, junto al canal Beagle, donde se vivió un breve período de fiebre del oro. El abuelo del presidente chileno, Luis Boric Crnosija, fue uno de los pioneros en la exploración petrolera del estrecho de Magallanes, y su padre continuó por la misma senda. Su madre, María Soledad Font, es una antigua bibliotecaria nieta de un catalán de Badalona que emigró a la ciudad chilena de Talca y acabó montando una fábrica de zapatos.
Gabriel Boric se crió en Magallanes, una región de setenta mil habitantes que se encuentra literalmente al fin del mundo, y en una ciudad, Punta Arenas, azotada permanentemente por el viento, la lluvia y el frío, algo que marca el carácter de su gente. En su caso, Magallanes es parte también de su piel, en la que lleva estampados varios tatuajes que hacen alusión a sus orígenes. Uno de ellos es un faro que se alza en un mar embravecido, pero también se ha tatuado un mapa del canal Beagle- el lugar donde su bisabuelo llegó en 1887 a buscar oro- y también una Lenga, un árbol nativo de la Patagonia.
La juventud es algo que ha marcado su trayectoria política pero también el ser el primero en muchos ámbitos. En diciembre de 2021 se convirtió en el presidente electo más joven de la historia de Chile pero también en el más joven del mundo en ejercicio. Es el primer presidente chileno nacido en la región de Magallanes, la más austral del país, y el primero de los mandatarios chilenos que no vivió el golpe de Estado de 1973. Nació, de hecho, dos años antes del plebiscito que puso fin al régimen militar por lo que no sólo no vivió el golpe sino que tampoco conoció la dictadura en primera persona.
Su elección, pero también su figura, representan de alguna manera un quiebre con el pasado trágico del país pero, al mismo tiempo, un símbolo del Chile de hoy. Uno en el que el 70% de sus habitantes no había nacido hace 50 años por lo que su interpretación de lo ocurrido, así como sus prioridades de futuro, son distintas a las de sus padres y sus abuelos. No es raro que sea su generación política, que creció durante la transición a la democracia, la que haya levantado la voz para criticarla y que se haya presentado como alternativa a los partidos tradicionales y a los gobiernos de la Concertación que lideraron el país durante tres décadas.
Gabriel Boric es también el primer presidente de Chile que no usa corbata (ni siquiera se puso una el día de su investidura) y el primero en llegar al palacio de La Moneda sin poseer ningún tipo de patrimonio. Sus únicas posesiones en el momento que asumió su cargo eran una moto y un pequeño terreno en la isla de Chiloé. Es un millennial que no tiene coche, va al trabajo en bicicleta y vive de alquiler en una casona del barrio Yungay, en el centro histórico de Santiago, lejos de los sectores acomodados de la capital.
Esto le ha dado una imagen adolescente pero le ha permitido, al mismo tiempo, conectar con la ciudadanía más sencilla, que lo ve como una persona cercana que no duda en explicar con normalidad cuestiones personales de su vida. Recientemente lo hizo a raíz de su ruptura sentimental con Irina Karamanos, la pareja con la que vivía desde hace varios años. También reconoció, sin avergonzarse, que padece un trastorno obsesivo compulsivo (TOC) que le fue diagnosticado a los 12 años y por el cuál recibe tratamiento hasta el día de hoy. “Tenemos que cuidar la salud mental, es importante decirlo”, señala cada vez que se le pregunta por el tema.
Un político “volteretas”
El hecho que su trayectoria haya estado vinculada al movimiento estudiantil y a las grandes movilizaciones universitarias de 2011, ha tenido el efecto que, desde sus inicios, Gabriel Boric se ha visto envuelto en una gran visibilidad mediática. Sus demandas por educación pública, gratuita y de calidad, y sus duras críticas a los líderes políticos de izquierda y de derecha, han quedado plasmadas en las redes sociales que permiten constatar la metamorfosis que ha sufrido hasta convertirse en el líder que es hoy.
Su capacidad de moderarse y avanzar hacia acuerdos transversales, ha sido bien valorada por una parte de la ciudadanía y por la comunidad internacional que ve en él, el pragmatismo necesario que podrían permitir reimaginar la izquierda latinoamericana. Esta característica, sin embargo, es la que le atrae también más críticas, al punto que el mote más repetido hacia su persona es el de “volteretas”, por el giro que ha experimentado su discurso. Sus detractores le acusan de hacer lo contrario de lo que prometía. También le reprochan gobernar con el Partido Socialista, al que antes criticaba con dureza por su papel en los gobiernos de la Concertación, y por ser capaz de desdecirse, colocando, por ejemplo, al frente de la cartera de Hacienda al economista Mario Marcel, que reconoce los logros de la Concertación.
Una de las cuestiones que Gabriel Boric repitió más durante su campaña fue que aseguraría “un estado de bienestar para que todos tengan los mismos derechos, sin importar cuánta plata tengan en su billetera”. Una promesa que parece difícil de realizar sin mayorías parlamentarias y después del revés que ha significado no poder sacar adelante una nuevo proyecto constitucional, algo a lo que había ligado en gran parte su mandato.
Gabriel Boric aspira a escribir un Chile distinto, uno que haga frente a las asignaturas pendientes no resueltas en los 30 años de democracia. Éstas pasan por abordar cuestiones que llevan décadas en lista de espera, como impulsar una nueva arquitectura institucional que ponga las bases para crear, aunque sea tímidamente, un estado de bienestar que procure unos derechos sociales básicos a una sociedad que puso todo en manos del mercado. Pasa también por la protección del medioambiente en un país devastado por un modelo que no ha puesto límites a la explotación de los recursos naturales.
A Gabriel Boric le gustaría impulsar también un nuevo sistema de organización territorial y político más federal, que permita que los pueblos originarios tengan un encaje, pero también que las regiones más alejadas, como la suya, accedan a más autonomía. Basta mirar un mapa del país para constatar que es una anomalía que las decisiones y las políticas públicas se diseñen en Santiago, a miles de kilómetros de distancia. El presidente chileno aspira además a luchar contra la desigualdad en un país donde el 1% de la población posee el 27% de la riqueza. Por eso, una de las prioridades de su mandato es impulsar una reforma tributaria que ayude a redistribuir.
Es incierto predecir qué parte de todas estas aspiraciones podrá materializar, o si al final su mandato se medirá por logros que no tenían que ver con sus propuestas programáticas sino con los giros de guión que ha experimentado su gobierno, pero también sus opiniones. Lo que parece que no va a cambiar es lo de la corbata. En una entrevista con Telemundo reconoció que no le encuentra ningún sentido a utilizar corbata y que, a estas alturas, se ha convertido en un símbolo de su persona. “Hay pequeños detalles que le permiten a uno no olvidar de donde viene. Yo vengo de las movilizaciones sociales, del movimiento estudiantil, y al ser presidente de la República habito una institución que es más grande que yo pero no me voy a transformar en una persona que no soy”.
Política & Prosa nº 64, 1 de febrero de 2024 (Caricatura de Luis Grañena)
https://politicaprosa.com/es/gabriel-boric-un-presidente-sin-corbata/
En catalán:
https://politicaprosa.com/gabriel-boric-un-president-sense-corbata/
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